martes, 10 de marzo de 2009

Carta a un españolito medio

Recibí esta carta de mi amiga Tati, desde Madrid, España. Transcribo en parte, y en parte la pongo en "Comentarios".
Es para un amigo que refleja el pensamiento de muchos españoles de nuestra edad que, en la década de 1980 votó a la izquierda y, al descubrir que esto no cambiaba el mundo y, peor aun, no le resolvía sus propios miedos, frustraciones y conflictos, adquiridos en la opresiva sociedad donde habían crecido, se sintieron “desencantados” con esa izquierda que, por desgracia, les dio sobrados motivos de desilusión. Entonces, se pasaron con armas y bagajes a la derecha. Ahora defienden al estado de Israel y ven, inmutables, cómo los palestinos viven en campos de refugiados. Opinan que la memoria histórica es revanchismo y que los males sociales de España vienen de la inmigración. Al margen de tanta necedad, son buenas personas, que tratan muy bien a los inmigrantes reales y concretos que conocen y que jamás dispararían un arma. Tampoco firmarían nunca una condena a muerte pero dudan acerca de si un representante del estado debería firmarla alguna vez. Y así de seguido. Aunque no lo creamos, en estas sociedades europeas y en España en particular, ésta es la gran masa silenciosa… o no tan silenciosa.

Me sentí obligada a pensar por qué me afecta tanto la discusión de ciertos temas políticos, que parecen generales, ajenos. La respuesta es evidente: son generales, no son ajenos. Los conflictos políticos, llevados al extremo, producen como primera consecuencia la muerte y luego el exilio o desplazamiento, como se quiera llamar.

Yo he crecido en el seno de una familia exiliada que ha sufrido todas las formas de persecución posibles, incluida la condena a muerte, de la que pudo escapar mi padre.

(seguirá en "Comentarios)

1 comentario:

Ana Silvia Mazía Ghitman dijo...

(Continúa "Carta a un españolito medio")Una reflexión sobre el desplazamiento: cuando el ser humano supera las necesidades básicas del primer momento y se reacomoda, desde el punto de vista objetivo, ese desplazamiento hasta puede suponer una mejora en las condiciones de vida. Esto fue lo que me pasó a mí pero, por desgracia, no sucede lo mismo con las grandes masas de desplazados por las guerras y las hambrunas, de África, Colombia, Palestina, Irak, y montones de otros espacios en conflicto de todo el globo. En la mayoría de estos casos les esperan campos de refugiados. Pero sea cual fuere el destino del desplazado, aunque el exilio mejore sus condiciones objetivas, hay una pérdida subjetiva, que duele en el estómago, y que es común a todos los desplazados del mundo. La conozco bien en la nostalgia de mi madre por las colinas verdes de Santander, en la pena de ambos al no poder acompañar a sus respectivas madres en el momento de su muerte y por el pavor al recordar cómo tuvieron que abandonar su tierra con el hatillo de ropa a la espalda, sin saber qué futuro les aguardaba. Ese miedo es visceral y no se resuelve con la posterior superación de las condiciones de vida.
En mi caso, a los 20 años, sufrí mi primer desarraigo, porque tuve que prescindir de la protección de mi familia: el ejercicio de mis ideas y la relación con ellos eran incompatibles. Nunca había analizado demasiado ese sentimiento, pero ahora sé que me afectó mucho aunque no me arrepiento de la elección. Ocho años después, sufrí el segundo y más brutal desarraigo. Desde el punto de vista objetivo, los militares me hicieron un favor al obligarme a salir de ese país de locos (Argentina. A.S.M.). Pero ya sabemos que el camino de la razón rara vez se encuentra con el de los sentimientos. Y esto es lo que me pasa a mí y a casi todos los exiliados. No podemos dejar de vivir ese extrañamiento con dolor.
Esto debería ser fácil de entender y mucho más para alguien que no fue capaz, ya no de cambiar de país o de ciudad, sino de abandonar el seno materno en su edad adulta, ni cuando nada se lo impedía. No puedo creer que alguien en tal situación no comprenda lo que supone para un ser humano ser arrancado de su casa, su familia o su país en condiciones violentas. Y peor si esa persona, como es tu caso, sufre, aunque no tenga que moverse, ante la posibilidad, de que su país pierda un territorio que se encuentra a 500 Km, como es el caso de Cataluña o el País Vasco.
Ante los desplazados, aunque sean palestinos, con los que no tengo nada que ver, mucho menos que con los judíos, con los que sí tengo bastante que ver; esa insensibilidad me duele en el estómago porque sé lo que es. Este dolor no me impide reconocer que el Estado de Israel es una realidad incontestable: está ahí y no se puede cambiar. Sólo queda la aceptación, por parte de ambos, de la constitución de un estado de Israel y un estado Palestino. Pero en el origen de este conflicto están ese dolor y los grandes intereses del imperio norteamericano que nada tienen que ver con los de los judíos. Los norteamericanos han usado a los judíos para encubrir sus verdaderos intereses en la zona y siguen usándolos. Tanto los judíos comos los palestinos son víctimas e instrumento del choque entre los intereses petrolíferos de Estados Unidos y la barbarie integrista musulmana, también con intereses en el petróleo. Y tan culpables como los norteamericanos son los señores árabes de la guerra. Las únicas víctimas son ambos pueblos. Para resolverlo, tendrían que sacudirse de las espaldas el peso colosal de estos grandes poderes y negociar. Pero negociar en base al reconocimiento del dolor causado por cada uno de los bandos y de la disposición a asumir, cada uno, nuevas y dolorosas pérdidas de territorio, de historia, de símbolos. Los grandes poderes no les dejarán hacerlo, y así se seguirá fomentando el terrorismo, por un lado y la respuesta salvaje, por el otro. ¿Cuándo les obligará la realidad histórica a negociar? No lo sabemos. Mientras sirvan a ambos poderes como gendarme de sus intereses, no les obligarán a buscar la paz.
Me parece muy justa la compensación económica a los judíos por el holocausto sufrido. En verdad, jamás serán compensados por la atrocidad que sufrieron, junto con otros colectivos no judíos que también hay que reivindicar. Pero no fueron las únicas víctimas del nazismo. Los miles de españoles que cruzaban la frontera con el hatillo de ropa o morían en las cunetas, también fueron víctimas del fascismo, que es la versión latina del nazismo. ¿Por qué las reivindicaciones de los judíos son justas y las de las víctimas españolas son revanchismo? ¿O es que, de verdad, nos creemos la barbaridad que dijo hace poco Fraga: que los exiliados españoles se llevaron, cada uno, un lingote de oro bajo el brazo? ¿No sufrieron los españoles campos de concentración a manos de los demócratas franceses?¿Esos no fueron campos de exterminio, de hecho? ¡Sólo que se ahorraban los gases letales! ¿No tendría que pagar la comunidad internacional por el abandono en que dejó a España? ¡No tendrían, desde luego, miedo a un desenlace más violento ya que, casi al mismo tiempo, tiraban la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki! Hay muchas preguntas que la aplastante maquinaria ideológica del imperio y sus epígonos no quieren contestar. Lo grave es que las personas pretendidamente bienpensantes de todo el mundo no se formulen estas preguntas.
Por todo esto, los grandes temas políticos del mundo me duelen con dolor físico.
Tati.
Madrid, enero 2009”