
"¡Vamos, nena!", le decía...
Pampa y Lavía eran inseparables. A todas partes, juntos.
Así se les había ido la vida, casi, pero ellos, nada. Si no era juntos, nada.
Incluso cuando el dueño llamaba, severo:
-¡Pampa! -porque él, Pampa, se había parado a mear junto a un arbolito.
Incluso entonces, Lavía andaba cerca. Sólo se habría detenido unos minutos a olfatear un rastro ajeno. Pero en cuanto oía que el patrón lo llamaba a él, se apresuraba a ponerse, ella también, a la par.
Flacos y estropeados, tanto él como ella, pero juntos, qué tanto.
A.S.M.
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