sábado, 27 de diciembre de 2014

... Y el chancho chifló


... Y el chancho chifló

 
¿Por qué?

No se sabía. La cosa fue que chifló.

Todos los animales de la granja y alrededores suspendieron lo que estaban haciendo: comer, gruñir, pelear, reproducirse, y aguzaron el oído.

¡Nunca habían oído nada semejante! No sabían qué era ése extraño sonido.

La mayoría se asustó. Los humanos se asustaron del susto de ellos. Prestaron atención: tampoco reconocían ese sonido.

Como de costumbre, fue la lechuza la que lo nombró:

—Chiflido de chancho ha de ser.

Pero no todos entendían el lenguaje lechucístico. Así y todo, fue corriéndose la voz.

—¡Parece que chifló el chancho! —gorjeó el gorrión.

—¿Ah, sí? —se extrañó el topo.

—¿Chifló? ¿El chancho? —cacareó el gallo.

Y las gallinas le hicieron coro.

Luego los patos, las vacas, los burros.

Los humanos. Hombres, mujeres, niños, niñas.

—¿Qué es eso? —preguntaban.

Claro: no entendían el gorjeo, los rebuznos, los mugidos ni los cacareos.

Hasta que, a la más chica, se le ocurrió acercarse al chiquero. Y exclamó:

—¡Eras vos, Peter! —ella les ponía nombres a todos—. ¿Qué te pasó?

El nombrado Peter seguía chiflando, y su chiflido era cada vez más fuerte, más agudo. La chica observó con cuidado el chiquero, y entonces entendió. Vio que del pozo donde les ponían la comida a los chanchos subía humo y vapor. ¡Esa costumbre de mamá de echar las sobras tan calientes!

¡Lógico! El pobre Peter se había tentado. Había engullido unos bocados de locro hirviendo y se había quemado el hocico. Tanto, que se le había contraído hasta parecer la trompa de un pecarí... No, el pico de un ñandú. Cuando se quejó de dolor, le salió un... chiflido.

Y... si bien es difícil que el chancho chifle, ¡no es del todo imposible!
 
 
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¿Les gusta como modestísimo regalo de fin de año?
 
¡Espero que sí!