lunes, 30 de julio de 2012

LAMENTO


Lamento
  
Lamento el lamento.
Lo lamento.
¡No saben cuánto lo siento!
Me repercute en el cuerpo,
me contrae el esqueleto.
Me frunce la piel, los huesos,
me hace caer los dientes,
las uñas se resquebrajan.
Las cejas tocan el cielo
y se me eriza hasta el pelo
cuando escucho lamentar:
"¡Ay, ay, qué mal está todo!"
"¡Ay, cómo suben los precios!"
"¡Ay, como cunden los robos!"
"Ay, me maltrata, me engaña."
Así se quejan los necios,
Y también de este otro modo:
"Cómo sufro, cómo lloro,
como me siento de mal."
La vida es un vendaval
de sufrimientos y quejas.
No existe paz, no hay descanso
para las buenas personas.
Sean jóvenes o viejas,
no hay para el alma un remanso...
No saben lo que lamento
seguir oyendo estas cosas.
Porque el alma se me arruga
Me encantaría ser sorda
para no escuchar más llantos.
¡Una buena carcajada,
y queda el aire limpito!
Haceme caso, hermanito,
me lo enseñó la experiencia:
¡si te tomás muy en serio
te aseguro que vas frito!

Ana Silvia Mazía... lo lamenta

sábado, 21 de julio de 2012

¡LOCA!


¡Loca!


"¡Loca!", me dicen en el barrio.
¿Por qué?
Sólo porque saludo
al bello, añoso aguacate
que me invita al cielo.
Porque me río mucho,
sobre todo,
de mí.
Porque digo:
        gracias
        por favor
        y permiso.
Loca porque digo:
        Buen día
        Buenas tardes
        Buenas noches.

¡Ah, si supieran
        que escribo poemas!           

miércoles, 20 de junio de 2012

CARL SAGAN Y LOS LIBROS



("Robado" del muro de Susana Ruetinger)

¡Qué cosa asombrosa es un libro! Un objeto plano que se hace con un árbol, y tiene esas partes flexibles sobre las cuales están impresos un montón de garabatos raros. Pero nos basta con echarle una mirada y ya estamos dentro de la mente de otra persona, de alguien que, tal vez, ha muerto hace miles de años. A través de los milenios, un autor habla con claridad y sin ruido dentro de nuestra cabeza, se dirige a nosotros. Quizá, la escritura sea una de las más grandiosas invenciones humanas, capaz de unir a personas que jamás se conocieron, a ciudadanos de épocas distantes entre sí. Los libros rompen las ataduras del tiempo. Un libro es la prueba de que los humanos somos capaces de hacer magia.

Carl Sagan
Trad.:   A.S.M.

sábado, 16 de junio de 2012

ANÉCDOTAS DE UN TAXI DANCER III



Primera quincena de junio, post-cumpleaños, malaria. Sábado de otoño a esa hora imprecisa entre la tarde y la noche. Ha llovido y hay una humedad caldosa. Recibo un llamado de E., fundador de la gloriosa institución Taxi Dancer, en sociedad (y, parece, también en pareja; lo deduzco porque él le dice “suiti” -versión autóctona de Sweetie- por no decirle “cosita”) con R., la dama inglesa ya mencionada, que anda de viaje por los pagos de la Reina Madre.
E... (¿cuál será su apellido que, con su aspecto de morocho argentino, hace referencia a los colores de nuestros taxis -los de cuatro ruedas, no los de bailar-? Sí, sí, ése.) me dice que una señorita requiere mis servicios. De baile, se entiende. Que debo encontrarme con ella en el Social Rivadavia, un “bailable”de Floresta. Y a medianoche, hora de brujas si las hay...
Como él está ocupado, me da las indicaciones para ubicarla, reconocerla o vaya a saber qué. La Pasajera se llama X, es “bajita”,  comparte la mesa con una pareja ubicada debajo de un aire acondicionado a la derecha del salón y tiene el pelo rubio platinado al estilo de Luisa Albinoni ("actriz” pulposa cuyo único mérito fue un personaje que repetía siempre: llamar a la madre desde el teléfono público de una peluquería, decir “¡¡¡Hola Mamiiii!!!” y contar ingenuidades de doble sentido, con voz de pito).
Cuando entro al Bailable me doy cuenta de que: suena una cumbia de letra pegadiza y monótona; no me acuerdo debajo de cuál aire acondicionado estaba la cliente, y hay un montón de rubias platinadas que comparte mesa con una pareja. Y, para peor, unas cuantas miran con ansiedad, expectativa o lo que sea. Sí, ya sé: podría ser por mi aspecto de milonguero recio, juvenil y buen mozo, pero también porque están esperando al bailarín de alquiler. O sea, un servidor. Así que, con mi habitual viveza, mientras me pongo los zapatos en una silla cercana a la entrada pero alejada de la pista, carpeteo con discreción a todos los tríos ubicados del lado derecho de la pista entre el 1er y el 3er equipos de aire y logro restringir la búsqueda a dos o tres grupos. Por fin, como no me queda otra, con aire inocente me acerco a una mesa y pregunto; “Disculpe, ¿Ud. se llama X y contrató un taxi dancer?” Ella, la falsa Luisa Albinoni, contesta que sí, pero que tengo que sentarme a otra mesa porque el marido de su amiga no sabe que me contrató a mí y entonces... etcétera. Otra vez el viejo y conocido dèjá vu, la sensación surrealista de: “Qué estoy haciendo yo acá”.
Trabajar, eso estoy haciendo. Y en mi caso “trabajar” equivale a bailar. Así que bailamos.                                                                                      
Un par de tandas de tango, alguna que otra de vals, de milonga. Para mi alivio, la pista se mantiene bastante vacía, y no tengo que andar cuidando de no atropellar a -o ser atropellado por- otras parejas.
No, no baila demasiado mal, ése no sería el problema. El problema es que, en efecto, ES bajita, su pelo platinado y bastante armado queda a la altura de mi pobre ojo derecho, donde insiste en meterse, irritándomelo a más no poder.
Bueno, nadie dijo que ganarse el Cielo era tarea fácil...
Bailamos un poco más.
Por estar aislado en mi mesa puedo observar, cosa que suelo disfrutar mucho. Y observo que, como la Selección “del Diego” acaba de ganarle a Nigeria en el Mundial de Sudáfrica, hay clima de fiesta, para mí, un poquitín exagerado y, a la vez, familiero. Algunos llevan camisetas argentinas, y hay gorrobanderavincha. Vuvuzelas no, pero sí unas cornetitas bastante rompepelotas, Alá sea loado...
Raro, la pista se mantiene vacía mientras suenan tangos, valses y milongas. Hasta que vuelven a pasar cumbia: ahí sí, se llena a más no poder, y el clima mundialista y cornetero, se descontrola. Si le sumamos ese calor pegajoso de otoño trucho, la duración eterna de la tanda y que este humilde bailarín no soporta mucho la cumbia vernácula, podrán imaginar que el “Qué estoy haciendo yo acá” ya suena a sirena de trasatlántico...
Para completar la velada, entra a escena E., quien viene a traerme mis emolumentos y, por suerte, se pone a bailar con la dama. Así, les da un descanso a mis pies, mis lumbares y mi orgullo. Eso sí, antes me relata sus aventuras como migrante ilegal de México a los EE.UU., su paso por la prisión de Texas, las peleas a piñas con sus compañeros de celda (Juro que, de verdad, me dice: “No soy Van Damme pero me defiendo”. Posta). Y que -agarrensén- gracias a su viveza criolla y su ascendente sobre los antedichos, la gloriosa CIA (o algo así), le ofrece transformarse en agente interno para buchonear a futuros ilegales sudacas que quieran ir a ensuciar el patrio suelo norteamericano. POSTA-POSTA.
Cierre apoteótico para mi sábado de otoño. A casita a cortarme las venas con un sahumerio de pachuli…                                                                
 

viernes, 8 de junio de 2012

¡CHOCHA DE LA VIDA!

¡Estoy chocha, estoy!
Aquí, en nuestra amada Buenos Aires, todo es paz, armonía, afecto, buena disposición. Todos nos saludamos con una sonrisa. Nos dejamos pasar, nos ayudamos. Nos pedimos permiso. Nos ponemos de acuerdo... ¡No, para joder a otro, nooooo!
No creemos que pensar duela. No, no duele pensar.
Por eso estoy chocha... como la gallinita.

domingo, 13 de mayo de 2012

LA VIUDA TRISTE



La viuda triste
 To my dear Anonymous
Está muy triste, la viuda,
se siente una retardada
por confiar en ese gil,
por amar a un  mentiroso,
saltarín de cama en cama,
que juraba que la amaba
¡y lo juraba a otras mil!
¡Vaya pelandrún tramposo!,
la viuda se lamentaba,
creyéndose una tarada,
única mina atrapada
en las redes de ese vil.
Triste, la viuda lloraba
hasta que dio con su amiga
le contó toda la historia
y se llevó una sorpresa
al ver que la susodicha
se reía sin cesar.
¿De qué te reís, maldita?
¿No ves que mi alma grita
de bronca, de pena y furia?
Me río de tu inocencia,
¡pedazo de salamina!
Porque a nosotras, las minas,
más nos vale estar alerta,
no andar con la boca abierta
babeándonos por un macho.
Porque todos con su ciencia
nos llenan de amor la oreja,
pero, seguro, nos dejan
por otro cu...erpo más firme.
Y te advierto, antes de irme,
que no los tomes en serio,
que no les pidas constancia.
Que los disfrutes y sigas
sin darles mucha importancia.
La viuda quedó pensando
en lo dicho por su amiga
y llegó a la conclusión
de que lo dicho era cierto:
¡cuando una llega a los cien
no hay que esperar casamiento!

sábado, 5 de mayo de 2012

¡VUELVEN LAS ANÉCDOTAS DE TAXI DANCER!

O... "Todo queda en familia"



Anécdotas de Un Taxi Dancer I
                                                                            
Imagínense la escena: baño de milonga bastante conocida. La milonga aún está cerrada. Uno entra, educadamente levanta la tabla, enciende la luz y, en ese momento, una rata del tamaño de un gato de tres meses, tan sobresaltada como uno mismo, deja lo que sea que estaba haciendo y sale disparada por entre las piernas de uno, que no sabe qué hacer primero: si gritar, patearla o guardar lo que tiene entre manos, por así decir. Segundos después, mientras uno, aún con taquicardia, intenta terminar lo que había empezado, la rata decide que dentro del baño está mejor (o quiere dar un último saludo, quién sabe), volviendo a sobresaltarlo a uno, que ya no sabe cómo calmar el cuore. Finalmente, el cuadrúpedo decide salir de escena, no sin antes dar unos graciosos saltitos al costado del inodoro en un insoportable alarde de agilidad. Y uno, que sale salpicado y con las pulsaciones a mil, pero con su  mejor cara de póker, tratando de mantener la imagen de recio milonguero.
No se gana para sustos...


Anécdotas de Un Taxi Dancer II

Día de semana, alrededor de las once de la noche, puerta de la centenaria Confitería Ideal, a la espera de que llegue R., la dama inglesa que hace de intermediaria entre las clientas/pasajeras y los taxi dancers.
Como siempre desde que empecé con esto, me pregunto cómo será la que me toque en gracia. Sé, por lo que ella me adelantó por teléfono, que son dos señoras "mayores", norteamericanas. Cuando por fin llega, nos presenta: mi compañero de yugo es un sesentón bronceado ex profe de tae kwon do. Las dos damas en cuestión SON, sin duda, norteamericanas -de Carolina del Norte o Virginia del Sur, o al revés, y definitivamente "mayores", pero, eso sí, vestidas como jóvenes milongueras cool y con muchas cirugías estéticas.
R., antes de presentarnos, cobrarles, pagarnos e irse alegremente, me avisa algo que me hace correr un sudor frío por la espalda: las señoras tienen una energía un poco, digamos, depresiva.
Mm... Ajá.
Entramos, nos sentamos, conversamos... poco, porque no hay de qué y además el acento es un poco pastoso y, finalmente, bailamos. Eeh, no, buenas bailarinas no son, lindas tampoco y jóvenes menos, aunque habrán sido ambas cosas alguna vez. No, tampoco es el mejor baile de mi vida pero... en fin, para eso estamos.
Pasa, lento, el tiempo y mi sentimiento original de patetismo, ese que genera el tristemente famoso "qué hace un muchacho como yo en un lugar como éste", combinado con un toque de pena, se transforma en alarma cuando descubro que "la que me toca en gracia" acaba de dejar el agua y le empieza a entrar al vino. Entonces, suceden dos cosas: una, que su equilibrio, ya de por sí precario, se torna INESTABLE GRADO III, y dos, que empieza a ponerse, eh... un poquitín coqueta, y mi alarma se vuelve pánico y ganas de que las tres horas se terminen YA.
Último tango de la última tanda, de los últimos quince minutos previos a la ansiada libertad, la luz al final del túnel. Esquina derecha de la pista, cerquita del escenario y hasta de la mesa donde estamos sentados los cuatro, como para que ni siquiera tenga que molestarse en caminar demasiado, cambiarse los zapatitos y a casita... o al hotel, qué sé yo.
Los acontecimientos se precipitan -nunca mejor dicho- y, parafraseando a Murphy, lo que tiene que pasar, pasa:
El alcohol, la hora, la edad, el cansancio, alguna silla traicionera, lo cierto es que algo no está funcionando bien porque de pronto la vertical se transforma en diagonal descendente, se oye un "¡Ayayayay!" en inglés, que suena bastante parecido y. al piso. Entiéndanme bien: no es una simple caída, es un derrumbe, o más bien un hundimiento, tal como de debe haberse hundido el HMS Titanic hace casi cien años, arrastrando a un humilde servidor a los abismos de la ignominia y la humillación. Por módica suerte, tal vez por la ubicación relativa en la pista, parece que no demasiada gente se da cuenta del accidente, al menos por las caras de "perro que tiró la olla", o de "perro que está siendo sodomizado por otro perro", no sé si alguna vez se fijaron. Sólo aparecen un par de personas para ayudarme a levantar el muerto, con perdón por la comparación. Una vez recuperada la vertical, la venerable señora se apura a farfullar "I'm fine, I'm fine", lo cual en castizo quiere decir:
"Estoy bien, y no gracias a vos, pedazo de bestia, abusador de señoras en desgracia, sádico, mal tipo y mal bailarín...". 
Bueno, eso es lo que yo me imagino, pero parece que no, porque unos días después las damas deciden que quieren volver a bailar con nosotros, o sea el sesentón bronceado, ex émulo del Karate (Old) Kid Daniel San, y el purrete castigador.
Mirá vos.
Los caminos del Señor son insondables...

dice Marcelo Alejandro Mazía
(lee  A.S.M.)