Pampa y Lavía eran inseparables. A todas partes, juntos. Así se les había ido la vida, casi, pero ellos, nada. Si no era juntos, nada.
Incluso cuando el dueño llamaba, severo: -¡Pampa! -porque él, Pampa, se había parado a mear junto a un arbolito.
Incluso entonces, Lavía andaba cerca. Sólo se habría detenido unos minutos a olfatear un rastro ajeno. Pero en cuanto oía que el patrón lo llamaba a él, se apresuraba a ponerse, ella también, a la par.
Flacos y estropeados, tanto él como ella, pero juntos, qué tanto.
El hombre, que parecía satisfecho, caminaba por Plaza de Mayo y entonces la vio y se agachó a agarrar la esquirla. Al rato, mientras esperaba en una esquina para cruzar la calle, comenzó a silbar un tango y a sangrar.
No entendía por qué, cada vez que me acercaba a esa esquina, me sentía más liviana, me daban ganas de cantar, de reír, de besar. Miraba en torno, y ahí estaban las mismas sordideces de siempre: "ataúdes" en construcción, mugre, ruidos brutos, golpes, chirridos. Pero bastaba que me llegara ese perfume exquisito para sentir que levitaba, que me alegraba.
¡Y ahí estaba él, riéndose de mi despiste! Un tilo joven, erguido, con su melena verde, sus ramilletes mínimos, sombrillas diminutas que regalan, hasta morir, ese ámbar glorioso.
Una especie de maja, por su aspecto, pero que vive encerrada, con las persianas bajas, cosiendo bolsos y carteras. Y déle y déle a la máquina, sola, empecinada. La diariera la visita poco porque padece de claustrofobia, qué se le va cé... Y esta mujer brava y laburadora tiene hijos apenas salidos de la adolescencia, que sostiene sola. Laburan, ojo, pero ella sostiene. Cuántas habemos... Cuántas...