Es para un amigo que refleja el pensamiento de muchos españoles de nuestra edad que, en la década de 1980 votó a la izquierda y, al descubrir que esto no cambiaba el mundo y, peor aun, no le resolvía sus propios miedos, frustraciones y conflictos, adquiridos en la opresiva sociedad donde habían crecido, se sintieron “desencantados” con esa izquierda que, por desgracia, les dio sobrados motivos de desilusión. Entonces, se pasaron con armas y bagajes a la derecha. Ahora defienden al estado de Israel y ven, inmutables, cómo los palestinos viven en campos de refugiados. Opinan que la memoria histórica es revanchismo y que los males sociales de España vienen de la inmigración. Al margen de tanta necedad, son buenas personas, que tratan muy bien a los inmigrantes reales y concretos que conocen y que jamás dispararían un arma. Tampoco firmarían nunca una condena a muerte pero dudan acerca de si un representante del estado debería firmarla alguna vez. Y así de seguido. Aunque no lo creamos, en estas sociedades europeas y en España en particular, ésta es la gran masa silenciosa… o no tan silenciosa.
Me sentí obligada a pensar por qué me afecta tanto la discusión de ciertos temas políticos, que parecen generales, ajenos. La respuesta es evidente: son generales, no son ajenos. Los conflictos políticos, llevados al extremo, producen como primera consecuencia la muerte y luego el exilio o desplazamiento, como se quiera llamar.
Yo he crecido en el seno de una familia exiliada que ha sufrido todas las formas de persecución posibles, incluida la condena a muerte, de la que pudo escapar mi padre.

